Técnico electrónico, inventor y pionero de las transmisiones de radio en la zona, construyó sus primeros equipos cuando todavía conseguir componentes era una aventura. A los 18 años ayudó a llevar el Mundial de 1978 a Curuzú Cuatiá y Mercedes. Más de cuatro décadas después, sostiene con certeza que “la radio nunca va a morir”.
La historia de Roberto Francisco “Beto” Hantouche con la radio comenzó mucho antes de tener una emisora. Siendo adolescente, mientras trabajaba y experimentaba con los equipos electrónicos de su padre, comenzó a transmitir pequeñas señales al aire.
Después llegó la televisión y, con ella, uno de sus primeros grandes desafíos: construir artesanalmente equipos capaces de transmitir imagen y sonido.
En 1978, con apenas 18 años, el ingeniero Oscar Vignolles recurrió a aquellos experimentos para intentar llevar las imágenes del Mundial a Curuzú Cuatiá. Hantouche armó los equipos, instaló la antena en la torre de Telecom y logró que la ciudad pudiera recibir la transmisión.
“Imaginate yo con 18 años, era tocar el cielo con las manos”, recordó durante una entrevista en el estudio de PONELE H Radio-TV, al que convocado en razón de que el 27 de agosto pasado se celebró el Día de la Radiodifusión Argentina.
Años después llegó la radio. En 1985 comenzó a fabricar sus primeros transmisores de Frecuencia Modulada (FM) a partir de una pequeña plaqueta de 1 watt que encontró en una revista española. Creando FM Atlántida, emisora que está al aire hasta la actualidad.
De allí pasó a equipos de 3, 15 y hasta 200 vatios.
También fabricó transmisores para las primeras FM de Curuzú Cuatiá, Mercedes, Santo Tomé y Monte Caseros.
Cuando le preguntan si ganó mucho dinero con aquella actividad, su respuesta resume su filosofía:
“No supe hacer eso, supe hacer la pasión de la radio”, confesó “Beto”.
Radio es servicio
Para él, la radio nunca fue solamente una cuestión técnica; pues la entiende como un servicio. El clima, las noticias, los mensajes y la compañía cotidiana forman parte de una función social que, asegura, sigue vigente.
“La radio tiene que ser útil a la comunidad”, sostuvo enfáticamente.
Y, aunque reconoce que Internet y las nuevas plataformas cambiaron la manera de comunicarse, está convencido de que ninguna tecnología logró reemplazar esa relación particular entre el oyente y la radio.
“La radio nunca va a morir”, aseveró Hantouche.
Su defensa del medio tiene además una mirada especial sobre la frontera. Recordó la importancia que tuvieron las emisoras de AM y FM en una región donde las señales brasileñas siempre tuvieron una fuerte presencia. Incluso destacó como una de sus grandes satisfacciones haber conseguido audiencia del otro lado del río Uruguay.
“La satisfacción nuestra era que una radio argentina se estuviera escuchando en Uruguaiana, en Brasil”, dijo al respecto.
Solidario
Hay otro aspecto que atraviesa la trayectoria de “Beto” Hantouche y es su disposición a ayudar a otros colegas. Prestó transmisores, colaboró con emisoras que atravesaron problemas técnicos e incluso asistió a radios que quedaron fuera del aire por incendios o tormentas.
“Todos tenemos que ser y aportar un gran valor a toda la comunidad”, señaló para explicar con sencillez su actitud solidaria y desinteresada.
También reconoce el papel fundamental de Marisa, su esposa. A quien atribuye una enorme paciencia y un acompañamiento permanente durante todos estos años.
La radio también fue para él una escuela. Y se enorgullece de haber visto crecer a personas que pasaron por el proyecto y luego se convirtieron en locutores, operadores o tuvieron sus propias emisoras.
“Algunos le pusieron el nombre de la escuelita”, contó refiriéndose a FM Atlántida, la radio que desde hace dos años se emite el programa PONELE H.
Después de más de cuatro décadas, “Beto” Hantouche continúa ligado a aquello que descubrió de adolescente: la electrónica, la transmisión y la radio.
Una pasión que, más allá de los avances tecnológicos, sigue encontrando su razón de ser en una idea sencilla: que la radio esté allí donde alguien necesita escucharla.

