A tres días del discurso del presidente en Davos, donde afirmó que “Maquiavelo ha muerto” al sostener que las políticas públicas no deben elegir entre eficiencia económica y valores éticos, esa frase me provocó una reflexión.
Por Noel Eugenio Breard (*)
Javier Milei no formuló una tesis histórica ni abrió un debate filosófico: construyó una coartada discursiva, declarar muerto a Maquiavelo equivale a clausurar toda sospecha sobre el ejercicio del poder. El problema es que no discute con el Maquiavelo real, sino con una caricatura funcional a su propio proyecto político y económico.
Existen, al menos, dos Maquiavelos. El primero es el deformado, emblema del cinismo y la política sin escrúpulos, útil como enemigo retórico para denunciar a la política como intrínsecamente corrupta y presentarse, por contraste, como portador de una moral superior.
El segundo es el Maquiavelo histórico, fundador de la ciencia política moderna, que no legitimó el abuso, sino que separó la política de la moral religiosa medieval para describir cómo opera realmente el poder. Su aporte fue clave para pensar los límites del poder sin recurrir a ficciones morales, ese es el Maquiavelo que incomoda y que Milei decide ignorar.
El liberalismo republicano (el que dio origen a las constituciones modernas) nunca defendió un poder sin frenos ni un mercado absoluto. Se estructuró sobre límites institucionales precisos: división de poderes, independencia judicial, legalidad y derechos indisponibles.
La Constitución no es un obstáculo a la libertad; es su condición de posibilidad. Sin embargo, el discurso libertario contemporáneo invierte esa lógica: el control judicial aparece como interferencia y el pluralismo como veneno.
El mercado deja de ser un instrumento y se convierte en un principio absoluto, donde todo es mercantilizable y la ética se reduce a una sola pregunta: ¿protege la propiedad?
Esto quedó expuesto cuando Milei regaló a su gabinete el libro “Defendiendo lo indefendible”, de Walter Block. Allí se sostiene que toda conducta debe ser defendida si es funcional a la propiedad privada, aun cuando resulte socialmente repudiable, inmoral o jurídicamente ilegal.
No existen bienes indisponibles ni dignidad humana como límite. El derecho y la Constitución se vuelven estorbos si interfieren con la lógica contractual.
Esto no es liberalismo republicano: es su negación, la literatura lo advirtió hace siglos. En “el mercader de Venecia”, Shakespeare muestra un contrato libre y legal que exige una libra de carne como pago.
El juez lo invalida en nombre de la dignidad humana. Donde Shakespeare salva al derecho del mercado, el libertarismo extremo sacrifica al ser humano en nombre del contrato.
Por eso, cuando Milei dice que “Maquiavelo ha muerto”, no entierra al Maquiavelo histórico. Se refleja en una versión deformada y, sin advertirlo, encarna aquello que dice combatir: el poder convencido de su propia virtud, que confunde libertad con ausencia de controles.
Maquiavelo no ha muerto, lo que está en disputa es si sobrevive la república.
(*) Senador Provincial UCR

