La docente Isabel Maina abordó algunas de las dudas y discusiones más habituales del español: desde las contracciones “al” y “del” hasta las distintas formas aceptadas de decir palabras como anteayer, presidenta, sartén o legaña.
En esta oportunidad, la profesora Isabel Maina dedicó su columna Secretos del Buen Decir, en PONELE H Radio-TV, a las contracciones dentro de la lengua española, aunque rápidamente la charla derivó hacia un terreno mucho más amplio: las distintas maneras en que se habla, las palabras que se consideran “correctas” y aquellas que, aunque menos recomendadas por la norma culta, forman parte del lenguaje cotidiano.
Maina explicó que una contracción consiste en unir dos palabras en una sola, entre otras razones para evitar la cacofonía; es decir, el choque de sonidos iguales. Los ejemplos más conocidos son “de + el” = “del” y “a + el” = “al”, contracciones que son obligatorias tanto al hablar como al escribir.
“Las dos contracciones, tanto ‘al’ como ‘del’, son obligatorias en la lengua española”, subrayó la docente.
Sin embargo, también existen excepciones. Cuando “él” funciona como pronombre personal, debe mantenerse separado y llevar tilde: “Esta valija es de él”. Y algo similar ocurre con nombres propios como El Chaltén o El Cairo, donde la contracción no corresponde: se escribe “a El Chaltén” y “a El Cairo”.
Ahorrando palabras
La columnista continuó con otras formas de economizar palabras. “Antes de ayer” puede convertirse en “anteayer”, mientras que “antes de anoche” puede expresarse como “anteanoche”.
Pero apareció una forma que suele generar dudas, y es “antier”. Sobre lo que Maina explicó que, aunque es menos frecuente en este ámbito, está aceptada y se utiliza especialmente en Centroamérica y algunas zonas rurales de España.
La profesora aprovechó entonces para recordar que el idioma no es estático y que muchas expresiones consideradas poco habituales sobreviven en determinadas regiones o generaciones.
Norma culta
Uno de los aspectos más interesantes de la columna fue la explicación sobre la llamada norma culta y la convivencia de diferentes formas de una misma palabra.
Maina mencionó ejemplos como elixir y elíxir, compartimento y compartimiento, presidente y presidenta, y señaló que en muchos casos ambas formas pueden ser correctas, aunque una sea considerada más recomendada o tradicional.
La discusión sobre “presidente” y “presidenta” también tuvo su momento. Destacándose que la palabra “presidenta” cuenta con antecedentes históricos y, por lo tanto, no puede considerarse incorrecta.
Otra de las dudas abordadas fue una expresión muy cotidiana, en cuanto a que si ¿se dice que una víbora muerde o pica?
Tema con relación al cual Isabel Maina explicó que, desde el punto de vista anatómico, la víbora tiene boca, mandíbulas y dientes, mientras que el término “picar” se asocia habitualmente con animales que poseen otro tipo de aparato. Sin embargo, ambas expresiones pueden encontrarse en el uso y están aceptadas.
La conversación ingresó después en algunas de las verdaderas batallas del idioma y de la cocina. Una de ellas es si debe decirse ¿pastafrola o pastaflora?
La docente señaló que la forma recomendada es pastafrola, debido a su origen italiano, mientras que “pastaflora” se instaló en el habla cotidiana como una variante popular.
Algo parecido sucede con arveja y alverja, lagaña y legaña, bondiola y mondiola, o sartén y sartén.
En estos casos, la columnista mostró que el idioma muchas veces convive con diferentes formas, algunas consideradas cultas o recomendadas y otras catalogadas como vulgarismos, pero profundamente arraigadas en el habla cotidiana.
“La lengua viva no siempre funciona exactamente como dicen los libros”, enfatizó Isabel Maina.
Entre las dudas más curiosas apareció el género de algunas palabras. Sobre lo que la docente explicó que “la sartén” es la forma considerada culta, mientras que “el sartén” es una variante popular.
Con “calor” sucede algo similar: “el calor” es la forma habitual en la norma culta, pero “la calor” es una expresión antigua y todavía utilizada en distintas regiones, incluida esta zona.
La columna volvió así sobre una idea central: el idioma cambia, se transforma y conserva expresiones que sobreviven durante generaciones, incluso cuando dejan de pertenecer a la forma considerada estándar.

