En Estados Unidos, muchos científicos tienen miedo de publicar sus trabajos. Esta semana, a partir de una nota publicada en el Washington Post, se conoció que dos investigadores europeos residentes renunciaron a difundir sus investigaciones sobre la evolución por temor a represalias del gobierno de Donald Trump.

Aunque, a priori, la evolución no constituiría un tema candente, hombres y mujeres de ciencia deciden autocensurarse por miedo a ser deportados. Ante despidos y recortes históricos en instituciones que se dedican a la producción del conocimiento, la incertidumbre va en aumento y una de las principales potencias del mundo, a mediano plazo, podría dejar de serlo si deja de apostar al financiamiento de los laboratorios.

El periodista Mark Johnson lo relata de este modo en Washington Post: “Tras pensarlo mucho, los coautores dijeron que preferían no arriesgarse a publicar en ese momento. Uno acababa de perder su trabajo debido a la cancelación de una subvención gubernamental; el otro temía un destino similar si seguía adelante con el artículo. Aunque ambos se encontraban legalmente en Estados Unidos, les preocupaba perder su residencia si sus nombres aparecían en un artículo potencialmente controvertido”. Cuando la persecución se robustece, ya no hace falta que la censura gubernamental se mantenga por mucho tiempo. La eficacia del temor hace lo suyo, paraliza y empuja a la autocensura.

Lo llamativo es que no se trata de uno de los temas que el gobierno mira con desprecio, como puede ser feminismo, identidad de género, cambio climático, o bien, todo lo relacionado al mundo progresista, que denominan “woke”. La evolución es una teoría esbozada por el naturalista británico Charles Darwin a mediados del siglo XIX, a partir de un libro fundamental: El origen de las especies. Desde aquel entonces se ha establecido como un paradigma hegemónico que, más allá y más acá de cualquier ideología de turno, funciona como ladrillo esencial de la ciencia moderna.

Ernesto Resnik, científico argentino que vive y trabaja en EEUU advierte a Página 12: “Este tema me preocupa mucho, es dramático lo que está ocurriendo. Creo que en Argentina y en el mundo nadie se da cuenta de lo que esto está significando. El miedo en EEUU es muy general. Me siento tranquilo y sigo posteando en twitter porque soy ciudadano norteamericano. Sin embargo, ahora también están amenazando con echar también a ciudadanos norteamericanos”.

Luego continúa con el detalle de lo sucedido con los dos investigadores que fueron noticia por autocensurarse. “Viven en EEUU, seguramente tienen Green Card y trabajan en evolución. Son personas que sencillamente tienen miedo de publicar algo y que los vayan a buscar. Conozco mucha gente en el ambiente académico que, antes de viajar a sus países de origen por vacaciones o visita o lo que fuera, borran todos los chats”. En concreto: por miedo a que les revisen sus conversaciones privadas antes de retornar a EEUU, eliminan cualquier rastro de crítica al gobierno de Donald Trump y sus políticas. Borran cualquier vestigio de cuestionamiento que pudiera hacer peligrar su proyecto de vida en EEUU.

Así, al no publicar la investigación que ya estaba lista, meses de trabajo quedan en la nada por el temor a sufrir represalias. El artículo, en el marco de la teoría de la evolución, aportaba información interesante sobre cómo las diferentes especies son capaces de sobrevivir en ambientes más y menos amables para la vida. En última instancia, se presentaba como un aporte para pensar la existencia de formas de vida totalmente distintas a las que hasta la fecha se conocen.

 

En guerra contra la academia

Resnik es un biólogo y biotecnólogo argentino que reside en Estados Unidos y realizó un aporte descomunal durante la pandemia del coronavirus. Contó en detalle el derrotero del virus, se mostró predispuesto a conversar con los medios que buscaban entrevistarlo y proyectó, de manera bastante calibrada, aquello que sucedería con el futuro de la pandemia cuando la incertidumbre dominaba la escena. Así, sus contribuciones en la exTwitter constituyeron una fuente invaluable de buena data durante los momentos más álgidos de propagación del Sars CoV-2. En diálogo con Página/12 cuenta que en la actualidad “los laboratorios estadounidenses comenzaron a hablar de política como nunca antes. Es un momento realmente de excepción”.

La situación es sensible porque se traduce en recortes agresivos. La motosierra se hace sentir, arranca de cuajo grandes proyectos y pone a temblar desarrollos emblemáticos que colocaban a EEUU a la vanguardia del mundo científico y tecnológico. La última: “Jamás pensé que ocurriera en EEUU pero ciertamente está pasando. Trump le pidió al organismo que se encarga de gestionar los impuestos eliminar el estatus ‘libre de impuestos’ a la Universidad de Harvard. Trump quiere estrangular económicamente a la principal institución universitaria del mundo”. Y sintetiza: “Esta es una guerra total contra el sector académico; contra todos aquellos espacios que reciben fondos estatales y normalmente critican a quien hoy es el presidente”.

Muchos académicos extranjeros en EEUU modifican sus curriculums en línea, al tiempo que borran mensajes que cuestionaban las políticas de Trump en sus redes sociales. Temen que, ante la vigilancia que ejerce el gobierno, sus dichos y sus ideas políticas puedan perjudicar sus carreras profesionales. El temor es real y produce acciones que, hasta hace poco, parecían imposibles de ser siquiera imaginadas y mucho menos narradas.

Trump designó al antivacunas Robert F. Kennedy Jr. como secretario de Salud y profundiza la sangría sobre los Institutos Nacionales de Salud (NIH) que constituyen los principales motores de financiamiento de la investigación biomédica a nivel global. Ya fueron despedidos mil trabajadores que se dedicaban a investigar tratamientos novedosos para cáncer, diabetes, enfermedades poco frecuentes y toda clase de afecciones. En el plan de déficit cero que propone Trump se planea un recorte de fondos que alcanzaría el 40 por ciento para los NIH.

Ni la propia NASA tiene reflejos para esquivar los guadañazos. Hace semanas, el gobierno ordenó el despido de 22 funcionarios y eliminó la Oficina del Científico Jefe, dirigida por Katherine Calvin, una climatóloga reconocida internacionalmente por contribuir con informes fundamentales sobre el clima para la ONU. El elenco republicano en el poder, como si fuera poco, amenaza con disminuir a la mitad los fondos orientados a la agencia espacial.

Asimismo, se registraron despidos en la Administración de Alimentos y Medicamentos, en los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, en la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, y en el Servicio Geológico de EEUU De hecho, es tan fuerte la agenda anticiencia que lo primero que hizo Trump al iniciar su mandato fue comenzar los trámites para retirar a EEUU de la Organización Mundial de la Salud y del Acuerdo de París.

Según el lema de campaña, Trump quiere que EEUU sea grande de nuevo. En ese afán, quiebra en varios pedazos el sistema científico y tecnológico; precisamente, en el momento histórico en que la ciencia y la tecnología están más involucradas en los modelos de país y desarrollo. ¿Error de cálculo o retiro del Estado para dejar vía libre a los privados? Cuando la IA lo revoluciona todo, dejar de apostar al conocimiento científico y tecnológico sería lo más parecido a un tiro en el pie.

 

Con los brazos abiertos

La otra cara de la autocensura y la fuga de cerebros estadounidenses es la recepción de recursos humanos calificados a la que están dispuestos los países europeos y Canadá. Autoridades científicas en Alemania, Austria, Eslovaquia, Eslovenia, España, Finlandia, Francia, Grecia, Letonia y República Checa enviaron una carta a una funcionaria del área de ciencia e investigación de la Unión Europea con el fin de albergar a los investigadores de EEUU En el caso de Francia, lanzó el programa “Lugar seguro para la ciencia”, con el objetivo de recibir con los brazos abiertos a los investigadores fugados.

Institutos de España y Alemania ya reciben el triple de solicitudes de las que tenían hasta hace pocos meses desde EEUU A pesar de que la revista Nature escribió una carta al gobierno electo poco antes de su asunción con algunas ideas para que la ciencia prospere, en apenas unos meses, la motosierra de Trump y Elon Musk ya produce sus efectos.

Más allá de esta fuga de cerebros norteamericanos que se puso en marcha, Resnik conserva la esperanza. “Todavía creo que EEUU tiene anticuerpos. La justicia norteamericana en general posee su independencia y el sistema político no quiere esto que está ocurriendo. Los republicanos son muy sensibles a lo que el poder económico quiere y el poder económico está feliz con EEUU siendo una potencia en ciencia y técnica”, plantea. Y remata: “Que mucha gente se quiera ir y que muchos de los extranjeros que iban a venir ya no quieran hacerlo, representa una amenaza al poderío norteamericano. Trump está determinado a hacer todo el daño que pueda, pero no sé si va a poder”.

Fuente: Página 12.